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En España el respeto es revolucionario. Fernando de los Ríos.

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Paz, piedad y perdón.

Es la conmoción profunda en la moral de un país, que nadie puede constreñir y que nadie puede encauzar. Después de un terremoto, es difícil reconocer el perfil del terreno. Imaginad una montaña volcánica, pero apagada, en cuyos flancos viven durante generaciones muchas familias pacíficas. Un día, la montaña entra de pronto en erupción, causa estragos, y cuando la erupción cesa y se disipan las humaredas, los habitantes supervivientes miran a la montaña y ya no les parece la misma; no reconocen su perfil, no reconocen su forma. Es la misma montaña, pero de otra manera, y la misma materia en fusión que expele el cráter; cuando cae en tierra y se solidifica, forma parte del perfil del terreno y hay que contar con ella para las edificaciones del día de mañana.
Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mi hablar del porvenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, o que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplicísima doctrina del adagio de que «no hay mal que por bien no venga». No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa de escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: «Paz, Piedad y Perdón»
Manuel Azaña, Discurso en el Ayuntamiento de Barcelona, 18 de julio de 1938. 


NATURALEZA DEL TEXTO
Es un discurso pronunciado por el presidente de la República española en pleno trance de la Guerra Civil (1936-1939). Por tanto, tiene una naturaleza pública (está dirigido a la generalidad de la población), tiene una intencionalidad y, en consecuencia, es de carácter político.
IDEA PRINCIPAL
El mensaje fundamental que quiere transmitir Manuel Azaña consiste en llamar la atención sobre el futuro y la reflexión de que en el porvenir habría de suscitar el drama bélico. Consciente de lo irreversible de la guerra y de que tras ella nada será igual ganase quien ganase, entiende el nuevo contexto postbélico como un crisol en el que habrán de imponerse las palabras "Paz, piedad y perdón". En ese sentido, el texto es una llamada a la conclusión de la guerra, la firma de un armisticio (no una paz sin condiciones) y la amnistía. 
AUTOR
Ver biografía en Diccionario biográfico del blog. 
Manuel Azaña Díaz. 


Sin terminar

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