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En España el respeto es revolucionario. Fernando de los Ríos.

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LA BATALLA QUE EL FRANQUISMO NO PUDO GANAR. BIKINIS EN EL PAÍS DE LA BOINA.

La oleada turística cae como un pedrisco. Como una sutil invasión, los extranjeros comienzan a llenar las playas y algunos puntos de la costa. Los españoles, que apenas habían visto algún extranjero, miran asombrados cómo ocupa las calles una masa multicolor y pasan ante sus ojos hombres con barba, escoceses con falda, mujeres que se han comprando un enorme sombrero mexicano y cámaras, muchísimas cámaras fotográficas, se diría que una por turista. En España son todavía poco frecuentes y sobreviven los fotógrafos "al minuto", que trabajan en plena calle y ante los que posan los turistas, impresionados por el hombre maduro con guardapolvo y su extraño laboratorio portátil, que llevará su imagen a la inmortalidad. 


Muchos extranjeros pasean en pantalones cortos, prenda que, entre los españoles, sólo es propia de mocosos y deportistas. Las mujeres llevan grandes escotes y los brazos al descubierto, con escándalo de la clerecía que, hasta hoy, impedía la visión de brazos, piernas y escotes femeninos.
En 1959, ya nadie pone coto a los extranjeros porque el gobierno los necesita. Incluso la Guardia Civil, tradicional custodia del decoro público, tiene órdenes de hacer la vista gorda y los guardias dejan de patrullar a lo largo de las playas turísticas a las horas de sol. Cada verano, la Dirección General de Seguridad dicta normas precisas para guardar  la decencia: entre otras muchas cosas, obligan a cubrirse con un albornoz al salir del agua, prohíben tomar el sol fuera de los soláriums especializados habilitados, transitar  o permanecer en las terrazas de los bares en pantalón corto. Las normas se fijan en la puerta de los hoteles despertando el asombro de los turistas que se molestan en leerlas (si las entienden, pues sólo están escritas es castellano) mientras las incumplen impunemente. 

De todos los adminículos diabólicos, el principal es el bikini, verdadero ariete contras las murallas de moral de la raza. Sin embargo, una de las primeras noticias sobre tal prenda ya es antigua. En 1950, el Sunday Pictures publicó una foto de Nicolás Franco en la playa de Cannes, acompañado de la actriz Nina Dyer con bañador de dos piezas. Pero nadie sabía en España que existiera el Sunday Pictures.

Años después, el bikini de marras ha tomado carta de naturaleza entre las extranjeras e invade las playas españolas, con extensión a los bares y hoteles cercanos al mar e incursiones a las primeras calles de los pueblos. 

Tras una histórica abstinencia de la carne, el choque resuelto violento, aunque los púdicos bikinis de la época apenas dejan ver una franja del abdomen y su reverso de los riñones. No son pocos los escándalos promovidos en pueblos de la costa: unas señoras con mantilla salen de misa y se cruzan con una extranjera en bikini o unos caballeros increpan a una nórdica que intenta comprar un helado vestida con el dichoso dos piezas. Las autoridades intentan inicialmente imponer el traje de baño a las mujeres y el "meyba" a los hombres, pero sólo tienen cierto éxito en las playas del Norte, donde el sol pica menos y el tejido no resulta agobiante. En las demás costas, también los españoles comienzan a optar por los cómodos bikinis y bañadores pequeños, descartando el blindaje de los antiguos trajes de baño. 

Por la España interior correr noticias de que las turistas enseñan el ombligo en las playas y miles de varones, hartos de no comerse un rosco con la novia ni ver más carne que una fugaz rodilla, se lanzan a visitar las playas en días de fiesta. Con cara de bobo, miran durante horas las tímidas desnudez de chicas extranjeras, sufriendo la rebeldía incontenible de sus padibundas. Al volver a sus pueblos comparan las imágenes playeras con la estampa de sus novias y no pocos acuden al confesionario, acosados por el remordimiento. 

Hasta que la Dirección General de Seguridad renuncia a custodiar la decencia a golpe de oficio y las normas sobre la ropa veraniega pasan a mejor vida. Para solaz, sobre todo, de los viejos de los pueblos, que no han visto más carne que la del cocido y contemplan, hasta con prismáticos, aquellas exposiciones de blancas epidermis al sol. Franco está comenzando a perder la guerra. Sin pretenderlo, las chicas extranjeras le ganan más batallas al Generalísimo que las Brigadas Internacionales.
De la mano del turismo nacen extrañas costumbres y las tiendas venden muñecas vestidas de gitana, banderillas, carteles de toros, castañuelas y todo un arsenal de la España cañí. En los pueblos de Estepona o Sant Feliu de Guixols se construyen plazas de toros destinadas a los extranjeros. Se abren bares, restaurantes, salas de fiestas y tablaos flamencos. La costa se llena de hoteles y edificios de apartamentos.

Muchos españoles abandonan el campo para trabajar en los nuevos oficios del turismo: camareros, cocineros, albañiles, fontaneros; una legión de mujeres se gana la vida limpiando y haciendo camas de hotel; proliferan extraños anuncios: on speak english, every day spanish guitars francés y aficionados al flamenco o simples parados adquieren la condición de desmañados guitarristas, bailaores o cantaores. Todo vale, porque los turistas se conforman con poco. 

El obispo de Ibiza se resiste:

“indeseables con su indecoroso proceder en la playas, con sus hábitos viciosos y escandalosos, van creando aquí un ambiente maléfico que nos asfixia y no puede menos que pervertí y corromper nuestra inexperta juventud. Nadie se explica por qué se autoriza aquí la estancia de féminas extranjeras, corrompidas y corruptoras, que sin cartilla de reconocimiento médico, vienen para ser lazo de perdición física y moral de nuestra juventud”.  

Sufre embates demoledores la moral histórica de una España profundamente casta, que nunca tuvo ganas de serlo. El temor al embarazo y la maledicencia han guardado durante siglo la viña inexpugnable de las españolas solteras. Pero ahora llegan las turistas. 
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