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En España el respeto es revolucionario. Fernando de los Ríos.

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La sublevación del 17-18 de julio contra la República. Un golpe de estado fracasado.





ACONTECIMIENTO MONSTRUO, EL DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA CIVIL NO PODÍA TRIUNFAR A LARGO PLAZO, PERO RETRASÓ DURANTE UNA GENERACIÓN EL ACCESO DE ESPAÑA A LA DEMOCRACIA, SOSTIENE JULIO ARÓSTEGUI, PARA QUIEN EL ALZAMIENTO FUE UNA QUIMERA QUE CHAPOTEABA EN SANGRE Y SE CONVIRTIÓ EN UNA RELIQUIA INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE LA VICTORIA.

18 DE JULIO. Con la misma formulación que el 2 de mayo, 12 de octubre, 14 de abril, 23-F. No es precisa más que la datación en un día y mes para que un acontecimiento monstruo, esa categoría de ellos que definiera Pierre Nora, pase al imaginario ya la memoria común como imagen imborrable. Hay acontecimientos de diverso calado y que conmueven con mayor o menor intensidad el devenir histórico. A veces, el gran evento viene a ser una gratificación para la comunidad, cuando lo sucedido parece confirmar el sentido positivo que las gentes atribuyen a un cierto devenir presente. Ése fue el caso de la transición a la demo­cracia en la España posfranquista. Es­tamos entonces ante el acontecimiento glorioso, memorable, que contribuye a potenciar la autoidentificación del grupo. Se presenta como el estereotipo del progreso. A veces, por el contrario, el acontecimiento monstruo deviene y se desarrolla como catástrofe, rémora, obstáculo insuperable o, en fin, trau­ma colectivo, que hace sentir el acon­tecimiento como paradigma del retro­ceso. Como el modelo de un tropiezo, de un error. En el sentir de las gentes los acontecimientos monstruos no son, pues, equivalentes. Son memorables o reprobables.
En la España del siglo XX ese mode­lo de acontecimiento negativo, esa tra­gedia que deriva de un suceso luctuoso y evitable, lo representa como ningún otro aquel que de forma tan estereotipada como distinguible se llamó siempre el 18 de julio. Pero no fue sólo el más negati­vo y trágico suceso de aquel siglo, sino que hay conciencia de que lo fue de toda nuestra Historia contemporánea y, tal vez, puede haberlo sido de toda ella en cualquier época.
En la tarde de un viernes del mes de julio de 1936, un nutrido grupo de militares españoles puso en marcha un alzamiento en armas contra el ré­gimen republicano que el país se ha­bía dado legítima y alegremente cinco años antes. Sublevaciones, insurrec­ciones, alzamientos y pronunciamien­tos, guerras civiles, incluso, los había ha­bido en abundancia en la Historia española desde siglo y medio antes. Nin­guno tuvo la trascendencia del de aquel 18 de julio. La decisiva importancia del hecho fue percibida desde el mismo momento de producirse por quienes fueron testigos, protagonistas o víc­timas. Dirigentes políticos de entonces, de cualquier tendencia, dijeron con claridad que fuese cuál fuese su resul­tado la vida de la República, la vida del país, en definitiva, no podría vol­ver a ser lo que fue antes de producir­se. Y no se equivocaron.
Aquella sublevación, ni qué decir tiene, cambió el curso de la Historia española en el siglo XX. Su imagen no ha dejado de agrandarse como tal acontecimiento monstruo porque sus consecuencias se han distendido a lo largo de muchos años. Pero la Historia misma se encarga de conceder su clasificación, su destino definitivo, a cualquier ruptura. Un destino o encaje que, en este caso, es inequívoco. La sublevación militar acababa con la vida normalizada de la II República española a los cinco años de su instauración y separaba
ostensiblemente la Historia española de la de los países de su entorno. La República nunca podría volver a ser lo que había sido, fuese la sublevación fracasada o victoriosa. Y su destino inmediato fue aún más trágico: el de su conversión en una auténtica guerra civil.

AMPLIA CONSPIRACIÓN. No se trató de un hecho inopinado ni imprevisto. Militares, con apoyos externos de gru­pos políticos, de instituciones como la Iglesia, de financieros y terratenientes, pusieron en marcha una conspiración para acabar con la República. Su punto de partida estuvo bien ca­racterizado: el triunfo electo­ral del Frente Popular el 16 de febrero de 1936. Ya algunos de estos conspiradores –Franco, en concreto– intentaron anu­lar aquel triunfo por la fuerza. No lo consiguieron y eligieron otro camino. La conspiración culminó en el levantamiento en armas cinco meses después.
¿Por qué conspiraron y se le­vantaron aquellos militares y sus apoyos civiles? ¿Por el mero triunfo electoral de las izquier­das políticas? Ciertamente, los sublevados siempre dijeron que aquel triunfo era ilegítimo y que, por tanto, se levanta­ban contra "la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio". Era una mons­truosa falsedad, como lo era también su coartada de que aquel triunfo significaba necesariamente la llegada de la revolución. El motivo de la sublevación era, pues, mucho más profundo. La llegada al poder de una gran coalición de las fuerzas obreras con la burguesía republicana más progre­sista para instituir un Gobierno del Frente Popular desencadenó el miedo de las clases acomodadas y privilegia­das del país, de instituciones como la Iglesia y el Ejército, de los pequeños propietarios y los grandes terratenien­tes, de que aquel triunfo electoral sig­nificase realmente el desencadenamiento de cambios decisivo en la estructuración social existente. ¿Era este miedo un fenómeno inaudito? Tampoco. Lo he­mos conocido en otros mu­chos momentos históricos, hasta hoy, y en otros muchos ámbitos geográficos. Lo importante fue la actitud en que las clases sociales, las ideologías, los gobernantes y las masas populares se colocaron en aquella situación que enfrentaba un programa de cambios, moderados en el fondo, y una resistencia encarnizada a que se llevara a efecto.
El problema español no era tampo­co un caso aislado. La sublevación mi­litar del 18 de julio en España fue la transcripción específica en nuestro país de las tremendas complejidades y agi­taciones de los llamados "Años de en­treguerras", en Europa y en el Mundo, que siguieron a la fal­sa paz con que se cerró la Gran Guerra. Comple­jidades y agitaciones que llegaron a su culmina­ción en los años treinta. Es verdad que el con­flicto español tenía pro­fundas y decisivas raíces endógenas, propias de nuestra His­toria particular. Pero lo es también que se daban en un contexto global, en una pugna tripolar de ideologías, las de la democracia liberal, el fascismo y el co­munismo, sin tenerla en cuenta no pue­de explicarse satisfactoriamente el caso español. En un mundo, además, azo­tado por la crisis económica, movido por las aspiraciones hegemónicas de ciertas potencias, por las reivindicaciones de grupos sociales hasta entonces subal­ternos, por la aspiración a la revolu­ción y el pánico ante ella...
¿Por qué en España esta confronta­ción fatídica entre el anhelo de cam­bio social frente al de conservación a ul­tranza devino precisamente en un trá­gico enfrentamiento armado con unas hondísimas consecuencias y unos tre­mendos costes que dividirían al país du­rante dos generaciones? Lo hemos in­tentado explicar en otro momento: por­que quienes sostenían una u otra op­ción fueron incapaces de hacerlas triun­far por las vías políticas propias de un país adelantado. Por un fatal equili­brio de incapacidades. ¿Puede dedu­cirse de ello que las responsabilidades históricas por el más negro aconteci­miento de nuestra Historia estuvie­sen también equilibradamente repar­tidas? De ninguna forma puede man­tenerse ese juicio, aunque haya quienes han pretendido hacerlo.

RESPONSABLES CLAROS. La sublevación militar tuvo unos claros protago­nistas y valedores. Y no es lícito ha­blar de antecedentes insurrecciona­les del campo contrario, como se ha pretendido de los acontecimientos de 1934. Su morfología y objetivos son completamente distintos. Conceda­mos que quienes se sublevaron el 18 de julio, dirigidos por Mola, Franco, Queipo y demás cabezas, sus mentores y corifeos, sus financiadores, no calcularon correctamente el alcan­ce de su acción. Concedamos que en sus cábalas no entraba la posibilidad de una guerra civil, pues pensaban que su control del poder sería inmediato. La tragedia resulta así agigantada porque provino de un error de cálculo: el que se habían hecho sobre la resistencia que una importante masa del país opondría a someterse a una imposición por las armas. Cuando aquel error se hizo ostensible, cuando la imposibilidad de hacer triunfar prontamente sus planes fue evidente, los sublevados no detuvieron su designio... Muy al con­trario, buscaron toda clase de ayudas para llevarlo a cabo y acusaron de la tragedia a quienes se habían opuesto a él. Y pasaron por las armas a muchas miles de personas de manera sumaria, incon­trolada e inmediata.

RAÍCES EN EL SIGLO XIX. Las raíces más profun­das de aquellos sucesos no son ajenas a la natu­raleza de una trayectoria histórica que venía de mucho antes. No son ajenas a las peculiaridades mismas de nuestra revolución liberal en el si­glo XIX. Ni, claro está, a la profundi­zación de las diferencias entre clases e ideologías en el primer tercio del si­glo XX. Al comenzar el decenio de los treinta, había llegado la hora de un cambio en las relaciones sociales y en la posibilidad de acceso al poder polí­tico. Cinco años después de la instauración de una República reformista, ¿se estaba realmente ante una situación prerrevolucionaria, como han mante­nido aún algunos autores recientes o los neofranquistas, entre otros? La ver­dad es que cuando se habla de algo así, hay que saber de qué se está hablan­do y no es el caso de tales autores. Una gran agitación social no presupone la existencia de un designio revoluciona­rio, incluso aunque se hablase de ello en los mítines electorales...
Ninguna revolución estaba en mar­cha en la primavera de 1936. El triun­fo del Frente Popular era, en su parte más visible, un triunfo obrero, desde luego. El obrerismo, urbano y cam­pesino, reclamaba reformas sociales urgentes. El programa frentepopulis­ta incluía algunas de ellas, pero había descartado otras, las más profundas, seguramente –las nacionalizaciones, el control obrero de la industria, por ejemplo–. Un gobierno de republica­nos burgueses, sin participación obre­ra, se enfrentaba a la difícil situación de las urgencias populares de refor­ma y al entorpecimiento continuado de las derechas tradicionales. ¿Podría el sistema parlamentario haber supe­rado aquella situación de crisis social? No cabe hablar de futuribles. Sólo es posible decir que hubo quienes eligieron el camino de la sublevación por las armas, justificando su acción so­bre demostrables falsedades. Cabe de­cir también que la masa de los con­servadores españoles, los grupos privilegiados de siempre, los partidos que les representaban y las instituciones que se apoyaban en ellos, lejos de con­tribuir a la solución con una política parlamentaria negociadora practicaron la táctica de cuanto peor, mejor. Se­guramente porque en buena parte sus líderes estaban perfectamente al co­rriente de la existencia de una gran conspiración para la insurrección.

UNA TRAGEDIA INÚTIL. La insurrección se consumó, pues, sin haber buscado prácticamente otros medios de reso­lución. Sin haber medido sus inmensos costes ni las consecuencias terribles de un presumible fracaso. La calificación para ello del más negativo mo­mento de nuestra His­toria no queda justifica­da sólo por el coste so­cial, la tragedia humana y la destrucción de un patrimonio material colectivo que representa una guerra civil. Lo más terrible de aquel suceso de la segunda mitad de los años treinta es que fue una tragedia inútil. Porque la Historia tiene también su inflexible ló­gica. Los presupuestos ideológicos de quienes se levantaron estaban destina­dos a la derrota más allá de su victoria por las armas. Teniendo un origen dis­tinto, hubieron de subirse entonces al carro, aparentemente cargado de futuro, del fascismo. Pero en el mundo occidental de la segunda mitad del si­glo XX no podía irse con­tra el liberalismo, la de­mocracia y la soberanía de un pueblo para deci­dir su destino. El coste histórico de la Guerra Civil fue retardar esos procesos en España du­rante más de un tercio de siglo. Aquel proyec­to no podía quedar en forma alguna atado y bien atado. Ex­traordinaria quimera que cabalgaba chapoteando en sangre, la ideología de los vencedores en la guerra era una pura reliquia poco después de su vic­toria. El 18 de julio, escribieron con letras de molde, creaba Derecho. Un Derecho espurio que no pudo sobrevivir al Caudillo que lo impuso.
Extraído de La aventura de la historia, número 120.

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