LAS NUEVAS FORMAS DE SOCIABILIDAD EN EL SIGLO XIX




Las nuevas bases sobre las que se fue estableciendo el liberalismo comportaban la creación de unas formas de organización que encauzaron los distintos deseos, más o menos acordes o enfrentados, de los distintos grupos sociales. Las continuadas pugnas por lograr una mayor libertad de opinión y de prensa o por ampliar las libertades de asociación son una clara muestra de la importancia concedida tanto a las nuevas formas de influencia en la opinión ciudadana como a la defensa de los propios intereses, cuando estos entraban en conflicto con los de otros grupos sociales e instituciones.

Los nuevos medios de difusión, confrontación y propaganda de las distintas ideologías presentes en la sociedad española del siglo XIX fueron, básicamente, las tertulias político-literarias, realizadas en algunos de los "cafés" de las grandes ciudades y que ocasionalmente dieron lugar a los liceos y ateneos, y la prensa periódica.

LAS TERTULIAS POLÍTICO-LITERARIAS: LOS CAFÉS Y LOS ATENEOS.

EL CAFÉ. 
Las reuniones de los cafés han sido consideradas como la forma más elemental y característica de agrupación de tipo moderno no basada ni en el rango social ni en los lazos familiares, sino en las opiniones libremente compartidas y discutidas entre los asistentes a dichas tertulias. En este sentido se les considera igualmente como los primeros centros de opinión de una sociedad parcialmente democratizada. Cuando crezca, posteriormente la importancia de la prensa, los cafés y sus tertulias continuarán teniendo gran importancia, hasta bien entrado el siglo XX, como centros primarios de sociabilidad masculina casi exclusivamente, de muy diversos grupos profesionales, sociales o políticos, incluyendo ya entonces a las asociaciones de tipo obrero y republicano.
En las reuniones celebradas en estos cafés de mediados del XIX era frecuente la presencia de literatos, periodistas, pintores, grabadores o impresores, que formaban la llamada "bohemia" española, que incluye a todos aquellos que, sin oficio estable, intentan dedicarse y destacar en el mundo de las letras o de las artes. Para lograr sus propósitos tuvieron que desplazarse a vivir en las grandes ciudades, que eran los lugares donde se daba una mayor vida cultural y que era la que les podía posibilitar alcanzar su meta artística, social y económica. 


DE LA TERTULIA AL ATENEO. 
Estas tertulias no se celebraron exclusivamente en los cafés, sino que también se realizaron en casas particulares de personas relevantes de la política o de la cultura. Estas reuniones, en ocasiones, dieron lugar a los Liceos o Ateneos, ya más institucionales y abiertos a otros públicos, y de cuyas direcciones solían formar pare los burgueses más representativos de la ciudad. El Ateneo de Madrid, por ejemplo, se constituyó en 1835 y en sus primeras juntas directivas estaban integrados gran parte de los políticos más destacados del siglo XIX, en su mayoría ministros o incluso presidentes de los distintos gobiernos liberales. 
Los ateneos no sólo fueron centros de debate político, sino que destacaron de igual manera por su aportación directamente cultural y científica. En ellos se establecieron cátedras, similares a las universitarias, y se dieron cursos y lecciones frecuentemente más actualizadas que las que tenían lugar en las propias universidades, más proclives a repetir lo ya tradicionalmente establecido y a no introducirse en los debates relacionados con las nuevas aportaciones científicas como, por ejemplo, las discusiones a propósito de evolucionismo, de las nuevas teorías liberales o de las nuevas concepciones a propósito del estudios de la historia.

LA PRENSA.

Hacia mediados del siglo XIX, los periódicos desempeñan ya una función política de primera magnitud. Estamos en una época en la que la prensa se distribuye, en su mayor parte, entre los suscriptores de la misma, aunque una parte menor también pueda ser adquirida sin necesidad de estar suscrito. La mayoría de periódicos aparecieron en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, pero también abundaron en otras capitales provinciales y en ciudades con un menor número de habitantes. Muchas de estas publicaciones tuvieron una corta duración tanto porque disponían, en su mayoría, de escasas fuentes de financiación, como por el hecho de estar relacionadas con campañas puntuales de propaganda política o religiosa o de denuncia de alguna irregularidad administrativa general o local.
La presa publicada contaba, muy frecuentemente, con un corto número de páginas: en ocasiones, una sola hoja; normalmente con cuatro páginas y sólo esporádicamente con un número mayor. Las ilustraciones fueron muy escasas hasta después de los años cincuenta, con la excepción de algunas pocas revistas, las más caras, que hicieron publicidad de sus características imágenes en los propios titulares de las mismas, como, por ejemplo, La Ilustración Española y America o La Ilustración Artística. 
Los distintos gobiernos de tipo moderado y conservador, una vez lograda la instauración del sistema liberal, intentaron controlar a la prensa, especialmente a aquella que era más crítica con sus actuaciones políticas. Inicialmente lo hicieron a través de la censura o de la exigencia de autorización previa de publicación. Posteriormente se tendió a formas más indirectas de control económicos tales como la exigencia de depósitos previos, gastos de envío postal o el reparto de publicidad oficial en función de la línea política de los periódicos. 




LOS EMISORES: TIPOS DE PRENSA. 

Todo partido o grupo político intentaba disponer de uno o varios periódicos con los que propagar, por una parte, sus ideas y opciones y, por otro, atacar o ridiculizar las de sus adversarios políticos. Esta prensa política, por lo tanto, podía ser tanto de crítica seria como irónico-satírica. De hecho, las publicaciones de este último tipo fueron muy abundantes y en ellas se incluían numerosos grabados y viñetas en los que se ridiculizaba ácidamente a los dirigentes de las formaciones políticas opuestas. La Iglesia católica española, enfrentada con el liberalismo, también contó con un número amplio de publicaciones y en su conjunto igualaba prácticamente a las realizadas por el resto de la prensa política. 
Sólo hacia finales del siglo XIX comenzó a desarrollarse la llamada "prensa de empresa" o periodismo moderno, esto es, un tipo de prensa no vinculado directamente a la propaganda partidista y que funcionaba básicamente como otro tipo de empresa capitalista, con el ánimo de obtener beneficios económicos en función de las inversiones realizadas. 


EL PÚBLICO. 

El desarrollo de la prensa estuvo vinculado a la creciente alfabetización de la sociedad española, en especial desde mediados del siglo XIX, mediante la configuración del sistema público de enseñanza. Aunque la creación de este sistema público, sobre todo, de la generalización de la enseñanza primaria, fue muy importante sólo se consiguió que una parte de la población española lograse alcanzar un grado suficiente de capacitación para la lectura y la escritura. De hecho, la lectura en voz alta aún siguió siendo una de las formas más frecuentes y populares de conocer aquello que estaba en los periódicos o en los libros. 

EL TEATRO


Los teatros desempeñan también esta función de discusión y propaganda políticas. A través de sus textos literarios se defendían o se atacaban las posiciones y los planteamientos que, de otra forma, estaban presentes en los cafés, las tertulias o la prensa. De hecho, el interés de los gobiernos o de la Iglesia por controlar ideológicamente las representaciones teatrales fue casi tan importante como el ejercido sobre la prensa periódica.




LAS FIESTAS REVOLUCIONARIAS.





Las fiestas revolucionas tuvieron escasa importancia en España a causa de los escasos años en que hubo gobiernos progresistas que las permitieran o impulsaran. Sólo en ocasiones se celebraron desfiles o entregas de banderas en conmemoración de la Constitución de 1812 o, a imitación de lo hecho durante los años iniciales de la Revolución francesa, se realizaron desfiles o se plantaron "arboles de la Libertad". La celebración del Primero de Mayo, como Día o Fiesta del Trabajo se estableció internacionalmente en 1889, aunque en España tardó unos años en ser reconocida como tal. 

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